martes, 19 de diciembre de 2006
El dolor
Es increíble cómo el dolor, en este caso de un cólico renal, puede convertirse en protagonista de cada hora que pasa.
Esta entrada, tan poco informativa, tan poco divertida, tan poco extensa y, sobre todo, tan poco recomendable, está dedicada a todos aquellos que pasan por aquí de vez en cuando y se preguntan por mi paradero. Ahora mi hogar es el dolor.
lunes, 27 de noviembre de 2006
Si os parece, así es
Este razonamiento viene a cuento de una obra de teatro que vi ayer, Así es (si así os parece), una sátira sobre el cotilleo llevado a su extremo más violento. La obra, de Pirandello, puede verse en versión de Miguel Narros en el teatro Valle-Inclán de Madrid, gracias al Centro Dramático Nacional. Julieta Serrano en el papel de suegra desquiciada por los celos de su yerno es suficiente motivo para darse una vuelta por allí. Se rumorea que la señora Frola no puede ver a su hija, casada con el señor Ponza, por un turbio asunto que nadie conoce a ciencia cierta, pero del que todos opinan como si les fuera la vida en ello.Lo cierto es que no se trata tanto de mostrar la sociedad cotilla y manipuladora en la que vivimos (y en la que parece que vivía el premio Nobel italiano, muerto en 1936), sino más bien en descubrir las causas verdaderas de esa situación: en realidad, los personajes están desdibujados, no están completos, precisamente porque huyen de sí mismos, no quieren conocerse, tienen miedo de sus acciones y pensamientos, son lo que son por lo que los demás dicen de ellos. No son personas, son personajes. No son humanos de carne y hueso, son las recreaciones que los demás construyen en su imaginación.
Como queda patente al final de la obra, los habitantes de esa ciudad en la que el rumor es el deporte local están encerrados dentro de un escenario, la imaginación de los demás, y no pueden escapar de él. Nosotros vemos a unos actores sobre el escenario, pero en realidad lo que estamos viendo es un reparto que interpreta a unos personajes que interpretan a unos personajes. Los actores no son los personajes: son unos personajes que interpretan a los personajes.Nada más cercano a nuestra sociedad, en la que impera el qué dirán, la imagen por encima de todo, las apariencias. Viendo Así es (si así os parece) parece que asistimos a uno de los duelos de Salsa rosa o A tu lado, donde actores que interpretan a personajes que interpretan a personajes se enfrentan a otros actores con idénticos papeles. Es lo mismo, quizás con menos enjundia y clase que en el drama de Pirandello, pero es lo mismo.
Pero lo más inquietante es que ayer, después de dos horas de tiras y aflojas de los personajes, después de mil elucubraciones sobre las razones que pueden llevar a un hombre a no permitir el encuentro entre su mujer y su suegra, todos los espectadores estábamos ansiosos por conocer el final, desquiciados ante la posibilidad de llegar a la verdad. Digo que es inquietante porque me di cuenta de que nos habíamos convertido en otro personaje más de la obra, estábamos dispuestos a conocer la verdad al precio que fuera.Quizás a cambio de olvidarnos de nosotros mismos.
Los duelos de Salsa rosa, de A tu lado, se construyen sobre los mismos pilares. Y sobre los mismos supuestos. Y sobre la misma realidad: los espectadores huyen de sí mismos y de lo que los rodea; los espectadores sólo quieren saber el desenlace, la verdad de una situación que ni les va ni les viene, cómo acaba un drama que no les importa en absoluto.
Los espectadores sólo quieren descubrir qué papel juegan los personajes en cada obra, pero nunca se preocupan de qué papel juegan ellos mismos en ese drama.
viernes, 17 de noviembre de 2006
Las tropelías de Nuria Van Den Berghe
"Nuria no es homófoba"
Este artículo provocó la inmediata reacción de las asociaciones de gays y lesbianas de Ceuta y, al comprobar el poco éxito de sus denuncias,
"No me retracto"
también del resto de asociaciones de esta índole en toda España. Hasta el punto de que alguien que se califica de "cristiana" (habría que comprobar si Cristo la acogía en su seno), pide ayuda misericordiosa (por sentirse insultada y agredida, cosa que ella promueve desde su tribuna pública de Ceuta, eso sí, contra colectivos diferentes al suyo) en el Foro Nacional Populista (sic), con el objetivo de que los "cristianos" y "de derechas" como ella hagan algo:
Nuria pide ayuda en el Foro Nacional Populista
La página web del periódico para el que trabaja esta mujer "cristiana" ha habilitado incluso foros en los que se defiende o vapulea a la susodicha:
Todos contra Nuria
Sin duda, la reacción de algunas personas que la critican es desmesurada. Pero es que la libertad de expresión también tiene unos límites, y alguien que escribe en un medio de comunicación debería conocerlos, o al menos respetarlos al darse cuenta de que los has sobrepasado.
Y cuando no se dan estos supuestos, entra en marcha la justicia. Seguiremos informando...
P.D. Gracias a Abad de Carfax, sin cuyos jugosos comentarios este post no tendría sentido.
P.D.2. Y gracias de nuevo a Abad, y también a Lanarch, por ilustrarme sobre los procelosos cauces de los hipervínculos!
lunes, 13 de noviembre de 2006
Salvación y condena
Isabel Allende dice (en su novela Paula, que terminé de leer este fin de semana) que cuando empezó a escribir artículos para una revista femenina en su Chile natal, desconocía el uso del lenguaje escrito, aunque tenía alguna noción básica, tal vez provocada por su genética. Todo apunta a que sufrió una evolución positiva, porque de su capacidad o incapacidad actual no se pregunta: quizás considera que es algo muy evidente.Lo cierto es que empecé a leer Paula con el temor de que me afectara personalmente. Soy demasiado aprensivo e hipocondriaco como para pensar que la historia sobre una larga enfermedad que acaba en muerte no me va a sofocar. Precisamente por eso, ese libro, que compré hace unos diez años, ha vivido dos mudanzas, ha reposado en cuatro estanterías diferentes y sus páginas han empezado a amarillear. Cuando por fin me he atrevido a abrirlo, parecía más un libro de biblioteca que un volumen aún sin desvirgar.
Y sorprendentemente, ha provocado en mí una extraña sensación que no puedo definir como zozobra, sino más bien como paz. Sí, la inmensa carta que Isabel Allende escribe a su hija cuando ésta agoniza provoca una inmensa paz. Una sensación de que ya está: lo mejor es dejarse llevar. Lo mejor es dejar que se vayan aquellos a quienes amamos.
Porque los hombres tenemos un extraño apego a este mundo. Y eso hace que tengamos también una curiosa predisposición a impedir que los demás se vayan cuando deben (o quieren) irse. Sin darnos cuenta de que al fin y al cabo es un sentimiento egoísta: queremos que se quede porque lo necesitamos, no por su propio bien. De hecho, muchas veces (como en el caso de Paula), marcharse de este mundo es un gran alivio y, sin embargo, quien tiene en sus manos la decisión de dejar que se marche (en este caso, su madre) no está por la labor. En ese momento, no ve que la muerte sea una liberación; cree que será una condena. Cuando la verdadera condena es estar vivo.
Toda la culpa la tiene Jesús, que resucitó a Lázaro por intermediación de Marta, la hermana de éste. Lázaro había sufrido una larga enfermedad que lo llevó a la muerte. Marta estaba desconsolada y pidió que Jesús, amigo de la familia, acudiera para consolarlos. Él llego y, ni corto ni perezoso, resucitó a Lázaro. ¿Alguien preguntó a Lázaro si quería volver a la vida para, quizás en el futuro, volver a sufrir la misma enfermedad y morir nuevamente entre dolores insoportables? Es evidente que no podían preguntar a Lázaro, pero fue Marta, su hermana, la que decidió si salvaba a su hermano o no. Pero quizás lo que ella concibió como salvación era condena. Repito, quizás para Lázaro fue una condena estar obligado a pasar dos veces por el sufrimiento de la muerte.Desde entonces, muchos de los que están ante la disyuntiva prefieren hacer como Marta: reclaman al salvador de turno que mantenga con vida a aquél que ya está más allá que acá. Y no se dan cuenta de que actúan movidos por el egoísmo. Porque, como Marta, lo que desean no es dar otra oportunidad a Lázaro; lo que quieren es no estar solos.
martes, 7 de noviembre de 2006
La última tribu urbana
La última tribu urbana que amenaza con revolucionar el extrarradio de las grandes ciudades se conoce como Los Canis. Sus señas de identidad son, a saber:
- Vestir de riguroso chándal de marca (pero no de marca Carrefour ni Alipende, sino marca marca, de Nike pa’rriba), incluso en eventos como bodas, comuniones y comidas de empresa.
- Calzar zapatillas de muelles (sic) también de marca marca (donde dice "muelles" entiéndase suela gorda y acolchada, en plan amortiguadores del coche).
- Colgarse todo el oro que uno pille por casa, incluida si se tercia la muela del malogrado tío Paco, si es que te tocó en herencia. Elegir sobre todo cordones de oro, anillos de sello, imágenes de santos... cuanto más ostentoso y barroco, mejor, pero siempre de oro.
- Tunear el coche y convertirlo en una feria ambulante, da igual el diseño y las posibilidades, lo que importa es la intención.
- Considerar el hip hop como una religión y adorar a sus sacerdotes sin ambages.
- Recurrir de manera más o menos habitual a la violencia con tribus contrarias y/o incompatibles.
Esta tribu ha aparecido en las afueras de Sevilla, y se confiensan enemigos a ultranza de los pijos, la tribu urbana a la que detestan y a la que pretenden responder con este look y esta actitud ante la vida.
A mí, qué queréis que os diga, me sigue pareciendo mucho más autóctono y agradable el típico señor de mediana edad que sale los domingos a por el periódico enfundado en su llamativo chándal de táctel del Decathlón, complementado con unos zapatos mocasines de los de borlas en la lengüeta. Al menos es más espontáneo.
Porque también hay señoras maduras y no tan maduras que lucen oro a la menor ocasión, que parece que han encontrado el tesoro de Salomón en la sección de embutido del supermercado y se lo han puesto encima para regresar en el Metro y no levantar sospechas.
El tunning está de moda, y muchos son los que se han apuntado al carro. El hip hop es un estilo cada vez más prestigioso. Y violentos siempre los ha habido, no es nada nuevo.
Así que quien tenga todas estas aficiones y entretenimientos, ya tiene adscripción cultural. Que no se sientan bichos raros porque ahora hay una tribu que los aglutina.
Yo seguiré odiando a los pijos, pero sin pasar a mayores.
jueves, 2 de noviembre de 2006
No hay orquesta
Silencio. No hay banda. No hay orquesta. Pero se escucha música. Il n’y a pas d’orchestre. Todo está grabado.Una vida. Aquí. La mía. O la de cualquiera. Estamos viviendo lo que estamos viviendo. Pero quizás algo, un detalle, una causa pasajera, un absurdo elemental, quizás esa arruga temporal nos haría tener otra vida. Aquí. Ahora. La mía. O la de cualquiera. Otras vidas, en el mismo lugar. La misma cara, la genética por encima de todo, pero con otras peculiaridades.
Quizás estamos viviendo lo que estamos viviendo porque no estamos viviendo lo que no estamos viviendo.
La fama. El fracaso. Dos caras de la misma moneda. Aquí. Ahora. Lanzo la moneda al aire. Y soy lo que soy, lo que cae, si es cara, bien; si es cruz, también. No hay vuelta atrás. O sí. Vivimos lo que vivimos, y todo por un detalle, un tímido detalle que nos coloca en el centro de la fama, que nos coloca en el centro del fracaso.Que nos coloca en la más absoluta indiferencia.
En una carretera secundaria que atraviesa unas montañas, una carretera zigzagueante y peligrosa. En una curva somos lo que somos, y después qué. Después somos lo que somos, pero distinto a lo que fuimos en la anterior curva. Cada curva nos define, cada curva nos describe. Cada curva es un detalle. Un detalle que nos coloca en el centro de la fama, que nos coloca en el centro del fracaso. Que nos obliga a vivir lo vivido.Silencio. No hay banda. There is no orchestra. Pero escuchamos una música. Todo está grabado. Y nosotros movemos los labios para cuadrar el play back, pero si no los movemos, la música sigue sonando.
(Apuntes reflexivos tras ver Mulholland drive, de David Linch).
viernes, 27 de octubre de 2006
El mayor espectáculo del mundo
Cuando volvía a casa después de ver Alegría, del Circo del Sol (espectáculo que vuelve a Madrid y Barcelona después de su estreno en nuestro país hace ocho años), pensé que quizás el objetivo es más bien despertar la melancolía y descubrir que a veces lo más divertido reproduce casi de forma especular lo más triste.Y lo digo porque mientras estás sentado en tu butaca, la cantidad de elementos que desfilan por la pista/escenario del Grand Chapiteau te aturullan y convierten en una máquina de gozar, sin permitirte en ningún momento desgajar todos esos sentimientos y disfrutarlos en pequeñas dosis. Es un espectáculo tan apabullante que a veces sientes miedo de no poder asimilarlo por completo (sobre todo si tienes al lado a alguien comiendo palomitas y sorbiendo refrescos carbonatados).
Y cuando sales, ebrio de emociones, con una sobredosis de felicidad, caes en la cuenta de que todo ese universo que han encerrado en Alegría es el reflejo en un estanque llamado Tristeza. Dicen que es el montaje más circense del Circo del Sol, el más genuinamente clásico de todos ellos, y tal vez eso potencia la sensación de melancolía que provoca, por el rollo de que recuerdan a esos circos familiares de toda la vida, que aún hoy pueden verse en algún descampado que otro, y que a mí personalmente me han dado siempre mucha dentera.
La euforia de todos los números, creados sobre la base de una lucha entre lo feo y lo hermoso, entre lo perfecto y lo humano, llega a su punto culminante al final de la primera parte, cuando aparece el personaje que, según mi punto de vista, es el protagonista de la historia aunque aparezca sólo unos minutos: un payaso triste, de los de antaño, solo en el escenario, acomplejado y aburrido, que sin palabras nos muestra su historia de amor consigo mismo, en una bellísima metáfora sobre la necesidad de encontrarse a través de un viaje hacia el interior.Un viaje que termina en invierno, con una nieve que todo lo cubre y que llega hasta el patio de butacas convertida en vendaval, en uno de los efectos técnicos más sorprendentes de esta obra (y eso es mucho decir). Una ventisca que borra toda la tristeza acumulada durante el número, pero que deja una marca imborrable en cada uno de los presentes.
Se trata del momento cumbre de Alegría, precisamente porque todos los espectadores mantienen el aliento al comprobar que, después de tanto divertimento, no hay más que una profunda melancolía. Que los juegos inventados para divertir al maestro de ceremonias no son más que parches para evitar la realidad: y la realidad es la vida de ese triste payaso anclado a su mundo, con nieve cuajada en las calles, aburrimiento existencial y una pizca de añoranza por lo que se perdió (el pelo, por ejemplo).El payaso triste sirve de contrapunto a todo el color, la pasión y la fuerza que desprenden el resto de números. Sirve como figura en la que todos nos vemos reconocidos, para descubrir que, al fin y al cabo, todos nosotros somos en realidad maestros de ceremonias en busca de contorsionistas, acróbatas y equilibristas que actúen en la pista/escenario de nuestro circo, con el objetivo de que nunca nos sintamos tan desolados como el payaso triste.
Por cierto, el que no vio en 1998 Alegría, no puede perdérselo ahora. Y el que lo vio, tampoco. Es único, sorprendente y fastuoso. Y muy caro.
martes, 24 de octubre de 2006
Amor en la oscuridad
El escritor israelí Amos Oz publicó hace un par de años una autobiografía, centrada sobre todo en su infancia y adolescencia, Una historia de amor y oscuridad. La terminé de leer hace unos días, pero hasta hoy no he sido consciente del poso que ha dejado en mí.La relación entre el pasado y lo que somos ahora es una fórmula tan precisa como cualquier ecuación matemática. Y ése es uno de los fundamentos principales de esta obra, más cercana al ensayo sobre la naturaleza humana que a una autobiografía al uso. Oz (como el mago, pero con menos artificios) recorre sus primeros años de vida, hasta su ingreso en un kibutz (comuna israelí), y lo hace desde la humilde perspectiva de un niño criado entre eruditos y sabios, pero sin un lugar donde caerse muerto. Su familia es un clan romántico en pleno siglo XX, que aún sueña con la llegada de un futuro mejor para la comunidad, cuando todos los elementos hacen pensar en una desgracia tras otra.
Pero lo más interesante es la anómala relación entre el niño y sus padres, y sobre todo entre sus padres, una relación basada en el amor y, sobre todo, en la oscuridad, pero una oscuridad no sólo metafórica, sino también física, algo tan tangible como las tinieblas. La madre sufre unas terribles jaquecas que le impiden conciliar el sueño, por lo que pasa los días y las noches sentada en una silla frente a la ventana, en una oscuridad casi total que impregna a los objetos y a las personas que la rodean. Ella vive en la oscuridad, pero tampoco hace nada por dejar de vivir en ella. Quiere vivir allí.
La lucha entre el amor y la oscuridad, entre el afecto parental y lo tenebroso de las relaciones humanas se convierte en materia original para sus novelas y, sobre todo, para su actitud ante la vida. Porque a otra escala, quizás sin una forma tan física de la oscuridad, todos en mayor o menor medida hemos sentido esa tensión entre el amor y la oscuridad. Todos podemos contar nuestra infancia, nuestra juventud, nuestra madurez, en definitiva, nuestra vida, desde la perspectiva que nos han dado los amores y las oscuridades que han protagonizado los momentos más intensos de nuestro paso por este mundo. Es más, creo que uno se construye a sí mismo más a través de las oscuridades que de los amores, porque no hay mal que por bien no venga.
Lo importante es que ni Oz ni ninguno de nosotros se ha planteado nunca vivir en la oscuridad, en la física y en la mental, porque no es sano ni llevadero.
Apagar la luz, sentarse en una silla al lado de la ventana, mirar cómo cae la lluvia sobre los adoquines y dejar que el tiempo pase. Ayer hice esto y me sentí como se debió sentir su madre. Pero al rato me levanté, bajé la persiana, encendí la luz y volví al amor. Al amor de mi hogar. A mi amor. Ella, su madre, nunca se levantó, nunca apartó la vista del exterior, de lo que ella no era, nunca encendió la luz de su interior ni volvió al amor. Al amor de su hogar. A su amor.
Quizás la portada de este libro sea la que más he contemplado de cuantos he leído. Cada vez que pasaba algo en el argumento, volvía a cerrarlo y a mirar a los tres personajes más importantes de la trama. Él y ella. Y el niño. Volvía para intentar descubrir en esas miradas una explicación a todo lo que sucede: una razón para vivir en la oscuridad y, a la vez, querer y dejarse querer. He intentado una y mil veces descubrir en esos ojos los motivos de ella para no hacer el esfuerzo; las causas de que él siguiera amándola; el porqué de un niño que, cincuenta años después, decide contar cómo vivió en el amor y en la oscuridad.Sin respuesta.
