Estrenamos página web: www.tomasortiz.es. Y qué mejor manera de explicaros por qué nos hemos decidido a ello que copiar aquí la carta de BIENVENIDA que escribí para presentarla:
Hace ya nueve años que se publicó Te esperaré, premio Odisea en el año 2000. Yo tenía 22, y mentiría si dijera que ese hito personal no cambió mi vida, porque lo hizo. Desde entonces, muchos han sido los lectores que me han confesado que también a ellos aquella historia les transformó algo. Me halaga que digan que mis novelas hacen sentir las mismas emociones que yo experimenté cuando las escribí.
Desde entonces, he intentado cambiar las vidas de muchos personajes, y también las de los que han leído esas vidas. Contactos, Seguiré aquí cuando despiertes, Los amigos de Sebastián y Tu otra mitad también están protagonizadas por personajes que se buscan a sí mismos y que disfrutan con ese proceso de autoasunción.
Algunos dicen que soy un referente en la literatura gay. Yo no sé ni lo que es la literatura gay. Pero hay algo que les debo a mis lectores: un espacio en el que puedan descubrir las novedades, se sientan informados y participen. Esta web es una ventana abierta a mi mundo. Sólo tienes que descubrirla y dejarte guiar.
En Afganistán también hay Madrid-Barça, lo que pasa es que no lo llaman así, por razones evidentes. Pero tienen partidos de esos denominados "de alto riesgo", en los que la rivalidad es tan sangrante que toda seguridad es poca. ¿Y por qué me ha dado a mí en pleno Día del Libro por hablar del deporte nacional afgano, el buzkashi? Tiene su explicación, claro: hace unos días terminé de leer la magnífica novela Los jinetes, del autor francés (nacido en Argentina y de padres rusos) Joseph Kessel (1898-1979).
Es una de las decenas de novelas a las que me acerco con cierto temor. Uno de esos libros que permanecen años y años en la estantería, que encienden mi atención pero para los cuales no encuentro el momento oportuno. Hasta que un buen día reciben el salvoconducto para entrar en mi vida. Es curioso, pero generalmente todas las novelas que despiertan en mí este sentimiento suelen entrar luego en la lista de mis predilectas. No daré ejemplos porque creo que he dado suficientes en el pasado, y seguirá habiéndolos en el futuro, imagino.
El caso es que el espacio en el que se desarrolla la acción (Afganistán) y el punto de partida de la narración (un juego a caballo típico de la región) me hacían intuir que abandonaría la lectura a las primeras de cambio. Y me volví a equivocar. Porque, bajo la apariencia de una historia costumbrista sobre el país asiático de los años 50, subyace una de las aventuras más sorprendentes de cuantas se han escrito. Hay de todo: lucha, amor, odio, represión, destrucción, salvajismo, heroicidad, superación, altruismo...
El buzkashies el deporte nacional afgano: en un campo de juego de dos kilómetros de longitud, dos equipos de chopendoz (jinetes) se disputan la cabeza degollada de un carnero (o el carnero sin cabeza, depende de las versiones). El objetivo es hacerse con este despojo y cruzar todo el campo hasta llegar al otro extremo. El resto de participantes (incluso a veces del mismo equipo) no ponen las cosas fáciles. Todos quieren la gloria, pues no hay más recompensa que la superioridad sobre los demás. Para conseguirlo, vale todo: derribar del caballo, asestar golpes, interrumpir la carrera... Suele haber heridos; a veces, muertos. Es uno de los juegos más ancestrales y, precisamente por ello, más bestiales, más inhumanos; curiosamente, también es uno de los que mejor describen el ansia humana por conseguir un objetivo por encima de todo y de todos.
Pero este deporte es la anécdota a partir de la cual se nos cuenta la historia de Uroz, un prestigioso chopendoz que, a lomos del mejor semental, escapa de un hospital de Kabul, donde se recupera de las heridas sufridas en el buzkashi del rey (imagino que será como nuestra Copa del Rey). Acompañado de su (in)fiel ayudante, Mokkhi, recorrerá el país con una pierna destrozada, hasta su ciudad natal para huir de la deshonra y, sobre todo, para huir de sí mismo. Por el camino, habrá de sortear peligros desconocidos y otros muy cercanos, como la obsesión casi enfermiza de su escudero por deshacerse de él y así heredar el magnífico semental y el fajo de billetes que lleva su amo. Una mujer, Zeré, de enigmática belleza, se encargará de urdir el final de Uroz para lograr el amor de Mokkhi y, sobre todo, una riqueza que anhela más que cualquier otra cosa. ¿Llegará Uroz al final de su camino, soportará el semental un viaje tan duro? ¿Conseguirá la pareja de Mokkhi y Zeré su objetivo y despeñarán al héroe por lo más inferla del Indu-Kush?
En muchos pasajes me recordó al Quijote, salvando las distancias, claro, sobre todo por esa relación a veces destructiva con su escudero. Mokkhi es tan ignorante e influenciable como Sancho Panza, y a veces tan ladino y sagaz como él. A veces parece bueno y condescendiente, parece haber nacido para servir a su señor; otras, cualquiera diría que está pagado para destruirlo. Me parece sobrecogedora la manera en la que Kessel es capaz de hacer de un personaje como Mokkhi el paradigma del ser humano: la situación es la que nos hace buenos o malos, y todos podemos cruzar la frontera entre la bondad y la malicia cuando nos encontramos en las condiciones oportunas.
Ese personaje con dos caras, servicial y solidario cuando procede, brutal y despiadado cuando lo requieren sus objetivos, es el verdadero protagonista de la novela. Porque Uroz, el jinete, es un héroe que desde el principio sabe lo que quiere y luchará por conseguirlo, nunca duda. Pero Mokkhi es la incertidumbre personificada, el Gollum afgano, que anhela su tesoro pero, a la vez, teme acabar con quien lo transporta porque quizás eso no le permita disfrutar de lo que él cree que le pertenece.
Una galería inolvidable de personajes secundarios (el anciano contador de historias, la gitana con poderes, los solícitos nómadas del desierto), que van cruzándose con Uroz por el camino, redondea una historia que me parece tan épica como el viaje de Ulises hasta Ítaca, y tan fabulosa (por lo exótico) como la de Frodo por la Tierra Media.
Una familia más o menos bien avenida se reúne para celebrar la Nochebuena. Como en todas estas reuniones, hay sonrisas hipócritas, comentarios desmedidos, intentos de reconciliación y, sobre todo, discusiones. Discusiones sobre cosas fundamentales y también sobre temas absurdos. Pero hay algo que une a todos los miembros: la necesidad de sentirse arropados por gente similar. La cena acaba, cada uno ocupa su lugar en la realidad, y se pierde esa sensación de cierta comunión con los demás. La cena termina y todo vuelve a ser como antes: los problemas, la hipoteca, el trabajo... Uno de los personajes no acepta el fin de esa cena. No puede soportar la idea de volver a la realidad, de tener que luchar de nuevo en el día a día. Se aferra a ese momento de felicidad fingida, a esa reunión de personas que se comprenden por debajo de sus trajes de indiferencia. No quiere que esa cena acabe, así que consigue se repita día tras día. Una Nochebuena sempiterna, en invierno, pero también en primavera, verano y agosto, un Día de la Marmota que supone la felicidad de una persona que se niega a reconocer la realidad; pero también supone el desequilibrio del resto de los miembros de esa cena.
A grandes rasgos, ése es el argumento de Siempre fiesta, la obra que cierra la trilogía imprevista de la Compañía Cuarta Pared, que ya nos ofreció montajes tan interesantes como Café y Rebeldías posibles. En principio, puede parecer un texto melodramático, y a ratos lo es, pero es sobre todo una comedia a veces triste sobre el microcosmos que cada uno se construye en su hogar, y que se convierte en una jaula de la que los personajes se niegan a salir por temor a la realidad. Es un cuento que nos relata un narrador como una fábula esópica; de hecho, los personajes no dejan de ser animales encerrados entre paredes de papel blanco que los actores se encargan de decorar al gusto con pintura y rotuladores, un recurso muy original que llama la atención porque es metáfora de lo que sucede en escena: ellos se construyen un espacio vital que sólo sirve para sus intenciones; fuera de allí, todo es caos y destrucción.
La compañía la componen los mismos actores que ya nos hicieron recapacitar sobre la sociedad de consumo en Rebeldías posibles. Y mantienen el mismo espíritu: diálogos rápidos y salpicados de humor, escenas tiernas y otras violentas, intercambios de personajes y escenografía sorprendente para que el público no pierda la oportunidad de entender que aquello es real, pero también fingido. Que los actores que presentan Siempre fiesta son eso, actores, y nada más. Pero que detrás hay algo mucho más profundo que una sonrisa o una buena actuación: hay un sentido muy vivo sobre lo que está pasando con nuestra sociedad, esa búsqueda actual de la felicidad a través de encerrarse en uno mismo y en lo conocido. El miedo a lo desconocido es algo ancestral.
Y hablando de encerrarse en uno mismo...
...tengo que entonar el mea culpa al reconocer que me daba mucho miedo enfrentarme a Ciudadano Kane. El sábado, hablando con mi amigo Adrián (que nos acompañó al teatro y con quien compartimos luego cañas, huevos rotos y otras viandas en La Latina), estuvimos de acuerdo en que uno no puede ver cine a la ligera, que necesita estar preparado para ver ciertas películas, que nuestro estado de ánimo debería ser decisivo en la elección. Y le dije que nunca me encontraba preparado para ver, por ejemplo, Ciudadano Kane. El domingo por la tarde me di cuenta de que el mero hecho de expresarlo, sacarlo afuera, había sido suficiente como para exorcizar los demonios de los que hablaba. Así que la puse.
Y descubrí una vez más que todo está conectado. Porque la cinta de Orson Welles también es una historia sobre un personaje que se empeña en buscar la felicidad encerrándose en sí mismo. La diferencia es que Kane se aprovecha de la realidad para construir poco a poco "su realidad". Es un personaje apasionante y apasionado, egoísta y destructor, pero tremendamente solidario y altruista al tiempo. Es el paradigma de las contradicciones, el bien y el mal, la virtud y el defecto encarnados en un hombre que se puede calificar de grande, pero también de pusilánime.
Aparte de que es evidente que técnicamente supuso un antes y un después en la historia del cine, porque esos grandes angulares y esa forma de hacernos ver la grandeza y bajeza del personaje a través de picados y contrapicados, de planos finamente estudiados, eran hasta entonces recursos utilizados pero poco exprimidos, a mí me pareció especialmente interesante la forma en que los personajes se relacionan entre sí, fingiendo en todo momento que son lo que no son, o intentando construirse ellos mismos un personaje, como si la vida fuera en realidad una película. Y lo es.
Me llegó muy hondo el hecho de que sea consciente, incluso en los últimos momento de su vida, de lo diferente que hubiera sido si se hubieran dado otras condiciones en su existencia. Porque es el fundamento de la película: todo hubiera sido distinto si uno (y los demás también, claro) no hubiera tomado ciertas decisiones. Creo que todos sabemos que hay algún Rosebud en nuestro pasado que, de haber sido diferente, hubiera cambiado el curso de nuestra vida. Él dice: "Si no fuera tan rico, quizás hubiera sido un buen hombre". Yo digo: "Si las cosas no fueran como son, quizás no seríamos lo que somos", algo que puede resultar de cajón pero que a veces no podemos entender.
Cuando a uno le preguntan qué leches es eso del facebook (feísbuc dicho en cristiano), puedes tirarte media hora explicando el tema. Y el interlocutor suele responderte: "Qué gilipollez, ¿no?" Y aunque te duele porque llevas enganchado unas semanas, no puedes reprocharle nada porque tiene razón: es la mayor gilipollez que se ha creado nunca. Pero están apuntados millones de usuarios en todo el mundo (uno y medio en España), y tú eres uno de ellos. Así que se puede decir que eres gilipollas.
Me enviaron la semana pasada un pdf con algunas páginas del especial sobre feísbuc que publicó El Jueves hace un mes. No tiene desperdicio, porque precisamente se aglutinan en varias páginas todas esas cosas que uno querría explicar sobre la red social y que le es imposible porque no tiene la verborrea, el tiempo o la destreza suficiente para hacerlo. Leyendo esto uno se da cuenta de que el feísbuc es un poco una pérdida de tiempo. Pero hay algunas pérdidas de tiempo que son deliciosas. Y os dejo, que tengo que actualizar mi estado en feísbuc!
Parece que fue ayer, y ya han pasado nueve años. Bueno, en realidad han pasado diez desde que los revolucionarios (y ahora acomodados) chicos de Odisea Editorial decidieron poner en marcha una iniciativa pionera en España: el primer galardón literario para novelas con temática gay. Para mí han pasado nueve porque la efemérides en mi caso tiene que ver con la segunda edición, al año siguiente, en la que mi vida cambió.
Ha pasado el tiempo, y aunque la madurez impregna los recuerdos con una cierta sensación de distancia, no puedo dejar de emocionarme al recordar aquella llamada de Óscar, mi editor. Yo iba de camino a la facultad, en el autobús de línea, y la noticia me dejó tan alucinado que estuve a punto de bajarme en la siguiente parada, más que nada para saltar y gritar a mi antojo. No lo hice, pero imagino que la sonrisa que me acompañó durante todo el día era suficiente razón como para explicar que algo bueno me había sucedido.
Lo que vino después, la ola de presentaciones, entrevistas, promoción... es algo que recuerdo de manera agridulce porque aunque fue tremendamente agradable, también me agobió. Era muy joven y no estaba preparado para la fama, y eso que era una fama muy leve, superficial casi. Pero fama al fin y al cabo. Ahora siento algo de melancolía, y me dan mucha envidia los ganadores de este año porque sé que tendrán emociones muy similares a las que tuve yo. Quien no lo ha sentido no sabe de qué estoy hablando.
Ha pasado el tiempo. Diez años. Todo ha cambiado. La reivindicación del premio ya casi no tiene sentido. Pero queda mucho trabajo por hacer. Me siento muy orgulloso de haber formado parte de esa primera oleada de autores que marcaron precedente y, sobre todo, animaron a otros a seguir el mismo camino. Me consta que muchos (entre ellos, amigos muy cercanos) pensaron que si yo había estado ahí por qué no podrían estar ellos, y eso les hizo leer, escribir, e incluso algunos publicar.
A veces uno no hace las cosas porque cree que no tendrán ningún fruto. Hay que dar las gracias a Odisea Editorial porque, entre todas las cosas (buenas y malas) que han hecho en estos diez años, la más importante es incitar a los autores gays a que escriban porque sirve para algo. De hecho, sirve para mucho.
Yo ya no tenía esperanzas, pero el editor me llamó hace unas semanas con la noticia: "Se presenta la novela". Qué novela, pensé yo, así, sin signos de interrogación, porque no es una pregunta, es casi una exclamación pero sin serlo tampoco; es más bien una sorpresa que arranca sin mucha ilusión, la verdad, porque cuando las cosas no se hacen cuando se deben, dejan de ser ilusionantes. "Tu otra mitad", me respondió, y no sé si en ese momento creyó que me había vuelto loco o que quizás había cambiado de móvil y estaba hablando con un perfecto desconocido.
El caso es que me propuso una presentación conjunta. Malo, pensé, con la misma poca ilusión con la que empecé a pensar antes. "La idea es presentar en una primera parte la novela de Pablo Castro, Hollywood life; y en la segunda parte presentar la tuya. Y que ambos presentéis la novela del otro, al alimón o alanaranja, como queráis". Malo malo, volví a pensar.
Pero ahí no acababa la cosa. "Apunta el correo de Pablo Castro y hablas con ella". ¿Cómo que "con ella"? Esto ya no fue pensado con desilusión, sino con cierta rechufla: mi novela habla, en parte, de un chico que descubre que en realidad es una chica a la mitad de la trama, con los jaleos que conlleva eso, sobre todo con su novio, que ha tardado en aceptar su homosexualidad y, cuando lo hace, se epata al pensar que en realidad nunca fue gay, siempre estuvo enamorado de una chica, pero con el cuerpo equivocado. "Sí, es Nuria, que escribe bajo seudónimo". Malo malo malísimo, repensé, dispuesto a colgar el auricular en el transcurso de los siguientes dos segundos. Sin embargo, por esa educación que no sé de dónde aprendí, seguí al teléfono, y al final la cosa cuajó.
Cuajó de tal modo que al recibir Hollywood life en mi casa, lo empecé a leer. Y no me enganchó nada. Pero cuando llevaba leídas unas 15 o 20 páginas, sentí algo. Una vibración interior, una pulsión inesperada, como si me hubieran pinchado de repente con una aguja hipodérmica y me hubieran inyectado de golpe una buena dosis de adrenalina. Los personajes de la novela son primos hermanos, por no decir hermanos directamente, de los protagonistas de Tu otra mitad. Dicen, hacen, piensan lo que a veces dicen, hacen y piensan mis criaturas. Incluso algunas escenas me gustaron tanto que creí que las había escrito yo.
Pensé que últimamente paso demasiadas horas solo y que eso me está trastornando de manera preocupante. Así que llamé a Pablo Castro, metamorfoseado en una mujer, y le conté muy superficialmente lo que estaba sintiendo. Pero ella se desnudó totalmente y se mostró eufórica ante las similitudes de ambas novelas. Así que me desaté y yo también le dije que estaba alucinando. Hablamos, sobre todo, de las casualidades, del destino (de nuestros destinos, pero también del azar que es común a nuestros libros), y del buen ojo del editor para hacernos coincidir. Y también estuvimos de acuerdo en que no solemos leer novelas publicadas por Odisea, y que ambos seríamos desconocidos para el otro si no fuera por este agradable encuentro.
Lo demás, la presentación, el vernos en persona, la simpática presencia de Carla Antonelli en el acto, los amigos y familiares que no se perdieron el evento, pertenece al mundo social, y cualquiera que estuviera allí puede contarlo, sin duda mejor y más objetivamente que yo. Pero lo que nadie más puede contar es esa comunión casi mística que Nuria y yo sentimos al leer en libro ajeno lo que cada uno pretende narrar.
Después de una semana de ajetreo infernal, mi amor complementario y yo hicimos un viaje relámpago (y no lo digo por los rayos y truenos que nos cayeron por el camino) a León, más para descansar que para otra cosa, porque hemos visitado la ciudad antes en un par de ocasiones. Nos alojamos en el Hostal San Marcos (monasterio-hospital del siglo XVI), de la red Paradores, y lo hicimos por nuestra cara bonita porque llevábamos acumulados un saco de puntos por nuestras estancias anteriores en otros establecimientos de la red.
Yo estuve hace unos diez años, y no recordaba la magnificencia de sus salones, la comodidad y calidez de sus habitaciones, el lujo de los objetos que sirven de decoración y, sobre todo, la suntuosidad de un edificio monumental, joya del plateresco, que destaca por su fachada y su gran claustro, donde la piedra cobra una protagonismo especial.
De los detalles de nuestra estancia no daré cuenta, sólo diré que comimos en el restaurante del Parador y que nos encantó un menú especial del 80 aniversario, en el que picas un poco de cada plato. A veces en estos sitios uno echa de menos algo así, ya que no te puedes permitir el lujo de ir cada semana para probar un menú diferente.
No es que me interese especialmente contaros mi fin de semana en León, sólo quería dejar constancia de mi sorpresa y, sobre todo estupor, al darme cuenta de lo que de verdad significa tapear. En León te pides un mosto y te sirven un plato combinado (casi). Con tres mostos, has comido. Y a un euro el mosto, echad la cuenta. Nos quedamos ojipláticos al comprobar que en esas ciudades es más fácil sobrellevar la crisis, sobre todo si eres un proyecto de sibarita, como nosotros, o te gusta salir de vez en cuando.
Y como a mi amor complementario y a mí nos encanta el cuento de la lechera, ya estamos pensando en irnos para allá y montar un bar de tapas, como si fuéramos Los Serrano, pero con ademanes más comedidos...