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jueves, 2 de diciembre de 2010

'Tu otra mitad', ahora en bolsillo, y muy pronto también en e-book

La última novela de Tomás Ortiz, la más arriesgada e impactante de todas las publicadas en Odisea Editorial, se edita en formato más manejable y económico; y para los que se han pasado al e-book, muy pronto también en digital


¿Existe tu media naranja? ¿Somos la mitad de una pieza partida en dos? De una forma u otra, todos anhelamos encontrar nuestra alma gemela para que nos acompañe en este tortuoso camino que nos espera hasta llegar al fin de nuestras vidas. ¿Quién dijo que amar sea fácil?

“Tu otra mitad es una historia de amor poco convencional que atrapa y cautiva hasta su desenlace”Shangay Express
Rafa y Jorge son dos seres completamente desiguales. Son el día y la noche, el yin y el yan, caracteres contrapuestos y personalidades enfrentadas. Sencillo y humilde, Jorge busca su lugar en el mundo y se encuentra con Rafa, un delicado y sofisticado estudiante. Tomás Ortiz nos narra la lucha de estos dos hombres que deben afrontarse a sí mismos para superar sus prejuicios y estereotipos.


Tu otra mitad, publicada por Odisea Editorial, es, tal vez, la novela más arriesgada de Tomás Ortiz (Madrid, 1978) en la que nos presenta una historia de amor inusual. Avalado como uno de los mejores escritores de su generación gracias a Te esperaré, novela ganadora del II Premio Odisea de Literatura, que actualmente lleva vendidos más de 5.000 ejemplares entre sus tres ediciones en rústica y su edición en formato de bolsillo. Tomás cierra con Tu otra mitad su peculiar visión del amor que precede con Seguiré aquí cuando despiertes (2003) y Los amigos de Sebastián (2006), que cuenta con una segunda edición tras agotarse la primera. A estos títulos debemos  añadir un pequeño y delicioso pecado llamado Contactos (Libido, 2001) que aún consigue sonrojar al autor.

sábado, 13 de febrero de 2010

Se buscan fans. Imprescindible, haber leído "Te esperaré"


Después de seis meses sin dar señales de vida, ahora aparezco, como el ave fénix, pero con pocas intenciones de mantenerme en la brecha porque, como dije, estoy en dique seco, y ahora encima sin un minuto para descansar, menos aún para dedicarlo a las arduas tareas de mantenimiento de un blog.

Pero mi amor complementario, el que dio tanto que hablar y el que seguirá dándome alegrías, ha tenido la genial idea de crear un grupo en FACEBOOK, del cual soy protagonista, por mucho que me pese. Porque me vendo mal y, sobre todo, soy muy discreto y reservado, lo que significa que a veces me cuesta horrores reconocer al menos un poco de la escasa fama que me precede.

La excusa es que este año se celebra el décimo aniversario de la publicación de Te esperaré, que supuso el primer reconocimiento editorial. En estos años, muchos han sido los lectores que se han acercado a mí, física o virtualmente, para decirme lo mucho que significó la novela en sus vidas. Algunos dicen, literalmente, que les cambió su manera de ver el mundo. Eso me enorgullece, pero también me da miedo.

Sobre todo al comprobar que, diez años después, sigue sucediendo con aquellos lectores que descubren ahora la atormentada historia de amor entre Antonio y Juanjo. Ayer me escribieron dos chicos comentándome que les había emocionado tanto la novela que en cuanto la terminaron tuvieron la extraña necesidad de buscarme en cualquier sitio (en este caso, por Facebook), para pedirme explicaciones urgentemente acerca del final abierto del libro. Inmediatamente pensé que ambos tenían poco más de 10 años cuando escribí la novela. Y me dio vértigo descubrir que las pasiones que desata Te esperaré se han mantenido intactas a pesar del paso del tiempo. Eso es lo mejor que puede pasarle a un escritor.

En fin, que sirva este resurgimiento para pedir a todos aquéllos que hayan leído alguna(s) o todas mis novelas que se apunten sin perder tiempo, porque a mi amor complementario le hace mucha ilusión y, por qué negarlo, a mí también.

Hazte fan de TOMÁS ORTIZ en Facebook

martes, 14 de julio de 2009

En dique seco

Es verano. No hay ganas de casi nada, excepto tirarse a la bartola con el aire acondicionado a tope y una cervecita fresquita en la mano. Ah, y engancharse a alguna serie que te obsesione, como por ejemplo Dexter, que es la que ahora estoy descubriendo.

Este inicio es para explicar el hecho de que esté vago y que no actualice el blog todo lo que me gustaría. Bueno, por eso y porque tampoco hay mucho nuevo que contar. Estoy en dique seco, en el sentido más estricto de la palabra. En las últimas semanas varias personas me han comentado que para cuándo la próxima novela; y me sorprendo porque no tengo ni la más remota idea.

Eso sí, me gustaría compartir con quien quiera y se deje un enlace a la página web de mi amigo David, de Narrativa Gay, que dedicó a mi obra un especial de una semana del que me siento muy orgulloso. Sobre todo porque es la retrospectiva sobre mis novelas más completa y exhaustiva que nadie se ha atrevido a hacer: disecciona cada uno de los libros y se atreve a hacerme preguntas sobre ellos que nadie antes había hecho, seguramente por desconocimiento o ignorancia. Es evidente que a David le gusto (literariamente hablando, me refiero), y eso me emociona porque él lee muchas novelas de temática gay y considero un honor que me destaque por encima de otros autores.

A todos les dirá lo mismo. O no. No lo sé. Pero a mí me ha hecho feliz, como siempre que algún lector me confiesa que ha leído mucha literatura gay y que se queda con mis novelas, sin duda. Para alguien que huye de las etiquetas, creo que es una de las mejores formas de alejarse de ellas.

Que lo disfrutéis.

martes, 9 de junio de 2009

Un año más, a la Feria del Libro


Este año se ha hecho esperar porque no firmaré hasta el último fin de semana de la Feria del Libro, que termina este domingo. La cita es el sábado 13 de junio de 12 a 14 horas, en la caseta 180 de Odisea Editorial. Quien se dé una vuelta por el Retiro para ver libros y más libros (y comprar, si se tercia) puede hacerme una visita para que le firme un ejemplar o simplemente para que nos veamos.

Más información: www.tomasortiz.es

jueves, 4 de junio de 2009

Odio a Luisgé Martín

Odio a Luisgé Martín. Con todas mis fuerzas. Lo odio porque ha escrito la mejor novela que he leído en este 2009 y, aunque aún quedan otros seis meses para que acabe, me temo que será la mejor novela de las que aún me quedan por leer. Odio a Luisgé Martín por haber madurado tan bien, literariamente hablando. Físicamente también ha madurado bien, pero ése no es el tema. Lo odio, con ese odio despreciativo y envidioso que a veces sentimos los autores hacia quien creemos superior. Hacia quien es superior, qué coño.

Odio a Luisgé Martín. Lo odio porque me ha mantenido cuatro días sin salir de casa, devorando las páginas de Las manos cortadas como si se tratara de sushi de buena calidad, a bocados grandes y crudos. Recostado en el sofá, sentado en una silla, tumbado en la cama. Con su novela en el regazo, como único alimento. Lo odio porque pocas veces he disfrutado tanto con un libro. Y cuando uno siente ese gozo indescriptible con obras clásicas, con un Dostoievski, con un Canetti, tiene esa idea estúpida de que no los puede odiar ni envidiar porque al fin y al cabo están muertos y escribieron sus obras hace más tiempo del que yo podría recordar. Pero Luisgé está más vivo que nunca, y para colmo de males lo conozco personalmente, y podría decir que es un buen amigo, aunque en la distancia, y eso me hace odiarlo aún más profundamente. A Luisgé no me queda más remedio que odiarlo.

Las manos cortadas narra la trepidante aventura de un escritor que se ve envuelto en extraños sucesos durante una visita a Chile para promocionar su última novela. Lo que parece una mera anécdota se convierte en un viaje sorprendente hacia el corazón del país y, sobre todo, hasta los episodios más desagradables de la historia chilena reciente: el golpe de estado de Pinochet, los últimos días de Allende, la lucha entre el bien y el mal, ese lugar común que es algo tan universal como el amor o el dolor.

No destriparé nada más sobre la novela porque es una de esas joyas que merecen ser descubiertas poco a poco. Sólo diré que me subyugó esa pericia para presentar una misma realidad desde diferentes puntos de vista. Y algo común en el autor, que me sorprendió en Los amores confiados y que aquí me resulta un magnífico sello de identidad: hay historias, personajes, escenas, que no parecen tener mucho que ver con el argumento general; sin embargo, todo tiene su explicación, el autor exige una paciencia, un trabajo suplementario al lector que es la clave de que nos mantenga enganchados desde las primeras páginas.

Ahora pienso qué hubiera sucedido si aquel día de junio de hace dos años no hubiera respondido al requerimiento de Luisgé Martín, que me llamó por teléfono para incluir mis opiniones sobre la denominada "literatura gay" en un reportaje que estaba confeccionado para la revista Zero. Él había leído una novela mía, pero yo ninguna suya, lo que son las cosas. A raíz de aquel contacto, devoré Los amores confiados y le dije la verdad: que me encantaba su forma de escribir. Descubrí a uno de los que ahora son mis autores favoritos. Y comencé a odiarlo un poquito, la verdad.

Dicen que del amor al odio hay un paso. Imagino que al revés también es válido el aforismo. Así que se puede decir que lo odio casi tanto como lo adoro. Porque es imposible no adorar a alguien que te hace pasar unos ratos tan agradables de lectura. Porque es imposible no disfrutar de la buena literatura. Porque es imposible no experimentar esa sensación de estar leyendo algo único, algo especial, algo que muchos, lamentablemente, se perderán.

Adoro a Luisgé Martín.



Nota: Por cierto, aprovechad la Feria del Libro de Madrid, Luisgé estará firmando en ella, como es lógico, pinchad aquí para ver las fechas y las casetas en las que estará. Yo tendré que hacer malabarismos para encontrarlo en alguna de sus firmas porque quiero (y necesito) hacerme ya con Los oscuros.

lunes, 25 de mayo de 2009

Una serie "incómoda"

Estoy enganchado a la serie A dos metros bajo tierra. Hace unos nueve años que se estrenó y la zanjaron con cinco temporadas (yo estoy comenzando a ver la tercera), así que se puede decir que la estoy disfrutando como los buenos vinos, cuando llevan una temporada envejeciendo en barrica. Y como los buenos vinos, se paladea sorbo a sorbo, admirando cada matiz, sorprendiéndose con cada nueva sensación.

Me parece de una factura sobresaliente. Esa sencillez calculada al milímetro, que es mucho más compleja que el barroquismo de ciertas otras series, me subyuga. No es fácil que un decorado, y más tan lejano como pueda parecer una funeraria familiar, se convierta en algo tan personal, tan cercano, tan sencillo como cualquier hogar reconocible por esos pequeños detalles. Se redondea con unos guiones excelentes, construidos sobre la base de algo tan fundamental como los problemas de comunicación: la serie, y yo creo que en realidad toda nuestra sociedad, se puede explicar a partir del problema de la falta de comunicación entre nosotros. La matriarca, que interpreta Frances Conroy (Globo de Oro en 2004 por su papel en esta serie), es estupenda, sin menospreciar al resto del reparto, no hay nadie que cojee, algo que también es muy difícil de encontrar. Yo digo que nadie podría dar vida a la voluble Ruth como ella.

Pero a veces no es una serie agradable de ver. A veces te apuñala en el rincón más doloroso de tu cuerpo; a veces te deja noqueado, te obliga a revolverte en tu asiento. Es algo que se echa de menos en las series: generalmente son microfilmes construidos para pasar un buen rato, permiten que te vayas a la cama y duermas tranquilo, sin pesadillas ni malas conciencias, sin pensar, vaya. Pero en A dos metros bajo tierra las bajas pasiones, y sobre todo la definición casi perfecta que hacen del ser humano como animal de extremos, te impiden olvidarte de cada capítulo al terminar los títulos de crédito. Seguro que es algo que incomoda a millones de personas. A mí me invita a ver el capítulo siguiente.

Curiosamente, acabo de terminar una de las novelas más importantes de Álvaro Pombo, El parecido (1988), que al fin y al cabo es una historia sobre lo incómodo, o mejor dicho, una historia de lo difícil que es sobrevivir en una sociedad que te hace sentir incómodo. Álvaro Pombo no es santo de mi devoción, y eso que le he dado muchas oportunidades, pero he de reconocer que a veces sabe explicar las relaciones humanas mejor de lo que yo sería capaz, y eso me hace admirarlo.

En El parecido, todo son conjeturas: tras la violenta muerte en un accidente de tráfico del hermosísimo Jaime, toda la gente que lo rodeaba sin de verdad conocerlo se pregunta quién era el muchacho, cuál era su objetivo en la vida, qué esperaba de los demás. Y la respuesta es que nunca se conoce lo suficiente a nadie, aunque se compartan los momentos más íntimos. Las habladurías construyen realidades alternativas cuando la verdad se desconoce, y lo que podría ser un prejuicio se convierte en una acusación. Y las acusaciones son incómodas, y vivir incómodo a veces no es vivir.

Os dejo, que acabo de poner otro capítulo...

Se puede ver la serie completa en www.seriesyonkis.com

lunes, 27 de abril de 2009

ESTRENAMOS www.tomasortiz.es

Estrenamos página web: www.tomasortiz.es. Y qué mejor manera de explicaros por qué nos hemos decidido a ello que copiar aquí la carta de BIENVENIDA que escribí para presentarla:


Hace ya nueve años que se publicó Te esperaré, premio Odisea en el año 2000. Yo tenía 22, y mentiría si dijera que ese hito personal no cambió mi vida, porque lo hizo. Desde entonces, muchos han sido los lectores que me han confesado que también a ellos aquella historia les transformó algo. Me halaga que digan que mis novelas hacen sentir las mismas emociones que yo experimenté cuando las escribí.

Desde entonces, he intentado cambiar las vidas de muchos personajes, y también las de los que han leído esas vidas. Contactos, Seguiré aquí cuando despiertes, Los amigos de Sebastián y Tu otra mitad también están protagonizadas por personajes que se buscan a sí mismos y que disfrutan con ese proceso de autoasunción.

Algunos dicen que soy un referente en la literatura gay. Yo no sé ni lo que es la literatura gay. Pero hay algo que les debo a mis lectores: un espacio en el que puedan descubrir las novedades, se sientan informados y participen. Esta web es una ventana abierta a mi mundo. Sólo tienes que descubrirla y dejarte guiar.



jueves, 23 de abril de 2009

"Los jinetes" y el buzkashi: lo que se aprende leyendo...

En Afganistán también hay Madrid-Barça, lo que pasa es que no lo llaman así, por razones evidentes. Pero tienen partidos de esos denominados "de alto riesgo", en los que la rivalidad es tan sangrante que toda seguridad es poca. ¿Y por qué me ha dado a mí en pleno Día del Libro por hablar del deporte nacional afgano, el buzkashi? Tiene su explicación, claro: hace unos días terminé de leer la magnífica novela Los jinetes, del autor francés (nacido en Argentina y de padres rusos) Joseph Kessel (1898-1979).

Es una de las decenas de novelas a las que me acerco con cierto temor. Uno de esos libros que permanecen años y años en la estantería, que encienden mi atención pero para los cuales no encuentro el momento oportuno. Hasta que un buen día reciben el salvoconducto para entrar en mi vida. Es curioso, pero generalmente todas las novelas que despiertan en mí este sentimiento suelen entrar luego en la lista de mis predilectas. No daré ejemplos porque creo que he dado suficientes en el pasado, y seguirá habiéndolos en el futuro, imagino.

El caso es que el espacio en el que se desarrolla la acción (Afganistán) y el punto de partida de la narración (un juego a caballo típico de la región) me hacían intuir que abandonaría la lectura a las primeras de cambio. Y me volví a equivocar. Porque, bajo la apariencia de una historia costumbrista sobre el país asiático de los años 50, subyace una de las aventuras más sorprendentes de cuantas se han escrito. Hay de todo: lucha, amor, odio, represión, destrucción, salvajismo, heroicidad, superación, altruismo...

El buzkashi es el deporte nacional afgano: en un campo de juego de dos kilómetros de longitud, dos equipos de chopendoz (jinetes) se disputan la cabeza degollada de un carnero (o el carnero sin cabeza, depende de las versiones). El objetivo es hacerse con este despojo y cruzar todo el campo hasta llegar al otro extremo. El resto de participantes (incluso a veces del mismo equipo) no ponen las cosas fáciles. Todos quieren la gloria, pues no hay más recompensa que la superioridad sobre los demás. Para conseguirlo, vale todo: derribar del caballo, asestar golpes, interrumpir la carrera... Suele haber heridos; a veces, muertos. Es uno de los juegos más ancestrales y, precisamente por ello, más bestiales, más inhumanos; curiosamente, también es uno de los que mejor describen el ansia humana por conseguir un objetivo por encima de todo y de todos.



Pero este deporte es la anécdota a partir de la cual se nos cuenta la historia de Uroz, un prestigioso chopendoz que, a lomos del mejor semental, escapa de un hospital de Kabul, donde se recupera de las heridas sufridas en el buzkashi del rey (imagino que será como nuestra Copa del Rey). Acompañado de su (in)fiel ayudante, Mokkhi, recorrerá el país con una pierna destrozada, hasta su ciudad natal para huir de la deshonra y, sobre todo, para huir de sí mismo. Por el camino, habrá de sortear peligros desconocidos y otros muy cercanos, como la obsesión casi enfermiza de su escudero por deshacerse de él y así heredar el magnífico semental y el fajo de billetes que lleva su amo. Una mujer, Zeré, de enigmática belleza, se encargará de urdir el final de Uroz para lograr el amor de Mokkhi y, sobre todo, una riqueza que anhela más que cualquier otra cosa. ¿Llegará Uroz al final de su camino, soportará el semental un viaje tan duro? ¿Conseguirá la pareja de Mokkhi y Zeré su objetivo y despeñarán al héroe por lo más inferla del Indu-Kush?

En muchos pasajes me recordó al Quijote, salvando las distancias, claro, sobre todo por esa relación a veces destructiva con su escudero. Mokkhi es tan ignorante e influenciable como Sancho Panza, y a veces tan ladino y sagaz como él. A veces parece bueno y condescendiente, parece haber nacido para servir a su señor; otras, cualquiera diría que está pagado para destruirlo. Me parece sobrecogedora la manera en la que Kessel es capaz de hacer de un personaje como Mokkhi el paradigma del ser humano: la situación es la que nos hace buenos o malos, y todos podemos cruzar la frontera entre la bondad y la malicia cuando nos encontramos en las condiciones oportunas.

Ese personaje con dos caras, servicial y solidario cuando procede, brutal y despiadado cuando lo requieren sus objetivos, es el verdadero protagonista de la novela. Porque Uroz, el jinete, es un héroe que desde el principio sabe lo que quiere y luchará por conseguirlo, nunca duda. Pero Mokkhi es la incertidumbre personificada, el Gollum afgano, que anhela su tesoro pero, a la vez, teme acabar con quien lo transporta porque quizás eso no le permita disfrutar de lo que él cree que le pertenece.

Una galería inolvidable de personajes secundarios (el anciano contador de historias, la gitana con poderes, los solícitos nómadas del desierto), que van cruzándose con Uroz por el camino, redondea una historia que me parece tan épica como el viaje de Ulises hasta Ítaca, y tan fabulosa (por lo exótico) como la de Frodo por la Tierra Media.

miércoles, 21 de enero de 2009

Y así que pasen cien años

Parece que fue ayer, y ya han pasado nueve años. Bueno, en realidad han pasado diez desde que los revolucionarios (y ahora acomodados) chicos de Odisea Editorial decidieron poner en marcha una iniciativa pionera en España: el primer galardón literario para novelas con temática gay. Para mí han pasado nueve porque la efemérides en mi caso tiene que ver con la segunda edición, al año siguiente, en la que mi vida cambió.


Ha pasado el tiempo, y aunque la madurez impregna los recuerdos con una cierta sensación de distancia, no puedo dejar de emocionarme al recordar aquella llamada de Óscar, mi editor. Yo iba de camino a la facultad, en el autobús de línea, y la noticia me dejó tan alucinado que estuve a punto de bajarme en la siguiente parada, más que nada para saltar y gritar a mi antojo. No lo hice, pero imagino que la sonrisa que me acompañó durante todo el día era suficiente razón como para explicar que algo bueno me había sucedido.

Lo que vino después, la ola de presentaciones, entrevistas, promoción... es algo que recuerdo de manera agridulce porque aunque fue tremendamente agradable, también me agobió. Era muy joven y no estaba preparado para la fama, y eso que era una fama muy leve, superficial casi. Pero fama al fin y al cabo. Ahora siento algo de melancolía, y me dan mucha envidia los ganadores de este año porque sé que tendrán emociones muy similares a las que tuve yo. Quien no lo ha sentido no sabe de qué estoy hablando.

Ha pasado el tiempo. Diez años. Todo ha cambiado. La reivindicación del premio ya casi no tiene sentido. Pero queda mucho trabajo por hacer. Me siento muy orgulloso de haber formado parte de esa primera oleada de autores que marcaron precedente y, sobre todo, animaron a otros a seguir el mismo camino. Me consta que muchos (entre ellos, amigos muy cercanos) pensaron que si yo había estado ahí por qué no podrían estar ellos, y eso les hizo leer, escribir, e incluso algunos publicar.

A veces uno no hace las cosas porque cree que no tendrán ningún fruto. Hay que dar las gracias a Odisea Editorial porque, entre todas las cosas (buenas y malas) que han hecho en estos diez años, la más importante es incitar a los autores gays a que escriban porque sirve para algo. De hecho, sirve para mucho.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Novelas gemelas

Yo ya no tenía esperanzas, pero el editor me llamó hace unas semanas con la noticia: "Se presenta la novela". Qué novela, pensé yo, así, sin signos de interrogación, porque no es una pregunta, es casi una exclamación pero sin serlo tampoco; es más bien una sorpresa que arranca sin mucha ilusión, la verdad, porque cuando las cosas no se hacen cuando se deben, dejan de ser ilusionantes. "Tu otra mitad", me respondió, y no sé si en ese momento creyó que me había vuelto loco o que quizás había cambiado de móvil y estaba hablando con un perfecto desconocido.

El caso es que me propuso una presentación conjunta. Malo, pensé, con la misma poca ilusión con la que empecé a pensar antes. "La idea es presentar en una primera parte la novela de Pablo Castro, Hollywood life; y en la segunda parte presentar la tuya. Y que ambos presentéis la novela del otro, al alimón o alanaranja, como queráis". Malo malo, volví a pensar.


Pero ahí no acababa la cosa. "Apunta el correo de Pablo Castro y hablas con ella". ¿Cómo que "con ella"? Esto ya no fue pensado con desilusión, sino con cierta rechufla: mi novela habla, en parte, de un chico que descubre que en realidad es una chica a la mitad de la trama, con los jaleos que conlleva eso, sobre todo con su novio, que ha tardado en aceptar su homosexualidad y, cuando lo hace, se epata al pensar que en realidad nunca fue gay, siempre estuvo enamorado de una chica, pero con el cuerpo equivocado. "Sí, es Nuria, que escribe bajo seudónimo". Malo malo malísimo, repensé, dispuesto a colgar el auricular en el transcurso de los siguientes dos segundos. Sin embargo, por esa educación que no sé de dónde aprendí, seguí al teléfono, y al final la cosa cuajó.

Cuajó de tal modo que al recibir Hollywood life en mi casa, lo empecé a leer. Y no me enganchó nada. Pero cuando llevaba leídas unas 15 o 20 páginas, sentí algo. Una vibración interior, una pulsión inesperada, como si me hubieran pinchado de repente con una aguja hipodérmica y me hubieran inyectado de golpe una buena dosis de adrenalina. Los personajes de la novela son primos hermanos, por no decir hermanos directamente, de los protagonistas de Tu otra mitad. Dicen, hacen, piensan lo que a veces dicen, hacen y piensan mis criaturas. Incluso algunas escenas me gustaron tanto que creí que las había escrito yo.

Pensé que últimamente paso demasiadas horas solo y que eso me está trastornando de manera preocupante. Así que llamé a Pablo Castro, metamorfoseado en una mujer, y le conté muy superficialmente lo que estaba sintiendo. Pero ella se desnudó totalmente y se mostró eufórica ante las similitudes de ambas novelas. Así que me desaté y yo también le dije que estaba alucinando. Hablamos, sobre todo, de las casualidades, del destino (de nuestros destinos, pero también del azar que es común a nuestros libros), y del buen ojo del editor para hacernos coincidir. Y también estuvimos de acuerdo en que no solemos leer novelas publicadas por Odisea, y que ambos seríamos desconocidos para el otro si no fuera por este agradable encuentro.

Lo demás, la presentación, el vernos en persona, la simpática presencia de Carla Antonelli en el acto, los amigos y familiares que no se perdieron el evento, pertenece al mundo social, y cualquiera que estuviera allí puede contarlo, sin duda mejor y más objetivamente que yo. Pero lo que nadie más puede contar es esa comunión casi mística que Nuria y yo sentimos al leer en libro ajeno lo que cada uno pretende narrar.

martes, 9 de diciembre de 2008

Presentación de "Tu otra mitad"

"Él se llama Jorge. Su alma gemela, Rafa, pero cuando esta historia comienza, está a punto de descubrir que en realidad quiere ser Judith".

Aprovechando el buen tiempo y que estamos a principios de mes (y la gente ya ha cobrado, pero se ha gastado la paga de Navidad en los regalos), este jueves se presenta mi novela Tu otra mitad. Para quien desconozca de qué va, les remito a un resumen más o menos preciso:

"Él se llama Jorge. Su otra mitad, Rafa. Jorge es un rudo mecánico de taller, un hombre sencillo y humilde, que busca su lugar en el mundo. Rafa es un estudiante de, veterinaria, un chaval extremadamente bello, engreído y sumiso que pisotea a todos en su camino. Son el día y la noche, caracteres contrapuestos y personalidades enfrentadas. Sin embargo, una serie de casualidades pondrá a uno en brazos del otro. Ambos descubrirán que, por debajo de sus pieles, tan dispares, se esconde un cúmulo de sentimientos que acabará por unir irrevocablemente sus destinos. Pero, ¿quién dice que amar sea fácil? ¿Quién puede estar seguro de los sentimientos del otro?"

Quien haya leído la frase que abre este post, que aparece en la página 19 del libro, sabrá cuáles son esas dificultades con las que deben luchar. Lo demás puedes descubrirlo en la novela.

Pero me gustaría que quien no se ha leído el libro y se sienta mínimamente interesado por la historia, dedique diez minutos de su tiempo a leer el primer capítulo. Puede hacerlo pinchando aquí, y quizás le invite a leer la novela completa; o quizás le convenza de que es una completa estupidez. En cualquier caso, le ayudará a decidirse.

La cita es este jueves, 11 de diciembre, en el Lola Bar, en la calle Reina, 25 (metro Gran Vía) a las 19.30 horas. Espero la presencia de Carla Antonelli, que ha aceptado amablemente compartir mesa conmigo durante el acto. Por cierto, en la primera parte de la presentación, charlaré con el autor (escribe bajo seudónimo) de Hollywood life, publicada también por Odisea Editorial.

Presentación de Tu otra mitad
Jueves 11 de diciembre, 19,30 horas.
Lola Bar, calle Reina, 25 (metro Gran Vía).

Lee el primer capítulo de la novela pinchando aquí.

Disponible ya en:



lunes, 24 de noviembre de 2008

Sangre y descuartizamientos

Este fin de semana ha sido bastante macabro. Truculento, diría yo. El sábado, una orgía de sangre en toda regla. El domingo, tuvimos descuartizamiento. Para seguir con el tema: como diría Jack El Destripador, vayamos por partes.

Había oído muy buenas críticas del musical Sweeney Todd, que está en el teatro Español hasta principios de año. La música de Sondheim es estupenda, una de las más hermosas partituras de los últimos tiempos. El argumento, además, es divertido y mordaz. Un barbero desterrado de Londres vuelve años después para vengarse, y conoce a Mrs. Lovett, encargada de una tienda de pastelillos de carne, que le ofrece asilo y un futuro juntos. Él buscará al juez que le arrebató a su mujer y su hija con el objetivo de hacerle un afeitado "muy apurado". Ella encontrará un perfecto destino a los cadáveres que el barbero deje en el camino. La carne picada está tan cara en estos tiempos de crisis...


La película de Tim Burton resucitó el musical para los que amamos este tipo de dramaturgia. Mario Gas, director del Teatro Español, también resucitó el montaje original, de 1995, para ponerlo sobre las tablas otra vez. Mi amor complementario y yo vimos la peli hace una semana y nos pareció muy entretenida. Fuimos el sábado al teatro con la impresión de que es inevitable que haya ciertas cosas que son más espectaculares en el cine que en el escenario. No sabíamos lo equivocados que estábamos.

El presupuesto supongo que no será el de grandes musicales de la Gran Vía, pero la imaginación a veces suple la falta de medios. No obstante, la escenografía es muy funcional y precisa, los decorados son perfectos y el movimiento escénico, milimetrado. Se ha conseguido ese ambiente feísta que desagrada a la vista y que ofrece la sensación de descuido, algo que parece sencillísimo y que, sin embargo, imagino que será complejo de transmitir. Los actores/cantantes están estupendos, del primero al último, con especial atención a Vicky Peña, ese animal teatral del que estamos perdidamente enamorados desde Homebody/Kabul. Sin duda, es la mejor Mrs. Lovett que pueda imaginarse. Esa mezcla de ternura y brutalidad le va como anillo al dedo.

Y claro, tuvimos que reconocer que la peli de Burton es un entretenimiento. Pero que el montaje de Mario Gas para Sweeney Todd es simplemente ARTE. Con mayúsculas. Con un añadido: en la peli se ve sangre a borbotones. En el musical, no sólo se ve, se siente, se huele, casi puede tocarse y manchar nuestra ropa, es un personaje más, quizás el más fundamental.


Con el humor negro que nos caracteriza, mi amor complementario y yo estuvimos bromeando luego sobre la posibilidad de abrir una peluquería en el barrio, y aprovechar el tirón (nunca mejor dicho) para montar también un establecimiento de kebab. ¿Porque alguien sabe lo que es de verdad esa barra grasienta de carne? Por modernizar la idea, más que nada. Pero desistimos al darnos cuenta de que ya nadie va a afeitarse a la barbería; la culpa la tienen las cuchillas desechables, que han puesto al alcance de todos las excelencias de un rasurado perfecto.

Por cierto, Montxo Armendáriz estuvo viendo la obra delante de nosotros, y Adriana Ozores unas butacas a la derecha. Por la gorra, imagino. Pero vamos, que merece la pena gastarse 25 euros. Hay quien se gasta 60 en ver High School Musical, y os puedo asegurar que Sweeney ofrece algo más de chicha, y no sólo de la picada...


DOMINGO ¿DE RELAX?

Después de la orgía roja, aceptamos de buen grado la invitación de nuestra amiga María para ir el domingo por la tarde a ver una obra infantil al Ateneo Primero de Mayo. Hace más de 10 años ella tradujo del neerlandés el cuento Juul, ¿qué te ha pasado? (del autor Gregie de Maeyer), y un grupo de teatro decidió llevarlo a escena.


Nosotros pensamos que una obra infantil nos serviría de desintoxicación de la violencia que se vive en Sweeney. Sin embargo, antes de entrar en el auditorio, María nos descubrió la verdad: el protagonista es un niño de madera que se va mutilando partes del cuerpo empujado por la crueldad de los otros niños; al final, la ayuda de alguien solidario le salva. Es decir, un autodescuartizamiento con todas las letras, que son muchas.

La compañía Ultramarinos de Lucas ha construido un gigantesco muñeco de madera de dos metros y pico, a semejanza del que creó Koen Vanmechelen para ilustrar el libro. No es lo mismo ver cómo se desarma un muñeco de madera, pero la metáfora está clara: si uno hace caso de los demás, es posible que nunca seamos como les gustaría que fuéramos; a lo mejor la solución está en ser como somos y que los demás nos quieran o nos odien por lo que somos.


No sé si los niños entendieron el mensaje o se quedaron con la burla de ver cómo un niño se arranca las orejas o mete la lengua en el enchufe. Lo que me quedó claro es que hay un teatro infantil que no es estúpido ni ñoño, sino que aboga por la educación moral en unos valores universales. Que hace pensar al pequeño, pero también, y quizás más importante, a los padres. Y que ese teatro infantil puede venir de Guadalajara, ¡coño!


NOTA: Tiene mérito la figura del Tangram porque soy bastante impaciente en este tipo de juegos. Pero ayer me recordó tanto a ese muñeco que pierde hasta la cabeza...

jueves, 13 de noviembre de 2008

Lo que me gusta que me regalen los oídos

Para una vez que hablan de mí en los medios, aunque sea bien...

Pero bueno, esto casi no cuenta, Luis es amigo y trabaja esporádicamente para mi editorial, así que es imparcial por partida doble...


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jueves, 30 de octubre de 2008

Egoísmo

JUMBO
(747)
María-Marie: ¿es raro o es perfectamente lógico que, vistos desde arriba, los aviones -esa máquina que los hombres utilizan para ascender a los cielos- tengan la forma de una cruz?


Creo que Mantra, la mejor novela de Rodrigo Fresán, está sobrevalorada. Es buenísima si se la compara con sus otras novelas, pero no es sobresaliente, ni siquiera es sorprendente. Lo que hace él ya lo inventaron otros, que lo hicieron mejor. Se trata de describir una ciudad, el DF en este caso, a través de pinceladas de narrativa, a veces contando una historia, otras simplemente meditando sobre la realidad.

Sin embargo, tiene párrafos muy acertados, sobresalientes, en un conjunto más bien regular. El titulado JUMBO (747) me parece de los más interesantes, porque en una sola frase (en la que hay una incorrección de sintaxis por falta de concordancia, todo sea dicho de paso) consigue expresar una idea que podría haber desarrollado en 20 páginas. Pero lo deja ahí, para que el lector piense. Y eso me parece magnífico, es uno de esos recursos que a uno le gustaría saber utilizar de una manera tan limpia y efectiva.

Me ha recordado incluso las Gregerías de Ramón Gómez de la Serna, esas sentencias breves y divertidas que encierran una crítica social que pocos supieron ver en su momento.

En cualquier caso, lo difícil es que esas frases lapidarias, nunca mejor dicho, tengan una correlación con el resto del texto, que no suenen como algo escrito hace mucho tiempo y que el autor no puede evitar insertar en la novela, pareciendo un botón rojo entre cientos de otros negros. Rodrigo Fresán no lo consigue. Ramón Gómez de la Serna las escribía sueltas, como piedras preciosas que nunca encuentran la pieza global en la que engastarse.

Y eso me hace sentir bien, aunque sea un poco egoísta por mi parte.

jueves, 7 de agosto de 2008

Elegir entre el remedio o la enfermedad

A veces, uno no sabe si es peor el remedio que la enfermedad.

Hace cosa de ocho o diez años leí la mejor novela (y última) de Truman Capote, A sangre fría. Me dejó alucinado. Dicen que inventó un nuevo género, la novela documental, pero a mí me parece que es literatura con mayúsculas, sin mayores etiquetas. Es lo mismo que hizo Homero en su época o Cervantes en la suya: contar algo de una manera tan original que todo el mundo se quede con la boca abierta.

Narra el truculento asesinato de una familia del medio oeste de Estados Unidos a manos de dos extraños individuos que poseen unos incomprensibles vínculos de amistad, y el posterior proceso judicial que culmina en la pena capital para los culpables. Se puede palpar la obsesión del autor por los detalles y el atractivo que despierta en él el suceso.

Pero en realidad no entendí nada.

Unos meses después, encontré la versión cinematográfica de la novela, una cinta dirigida por Richard Brooks. Se rodó dos años después de que se publicara el libro, con los asesinatos todavía en la retina de los ciudadanos, así que se puede imaginar el grado de interés que suscitó la película. El blanco y negro es sugerente, y saber que se filmó en los escenarios naturales de la tragedia da un valor añadido.

Además, me sirvió para ponerles caras y gestos a los personajes, y aunque mi imaginación no se correspondía punto por punto con lo que ideó el director, sí puedo decir que las interpretaciones de la película me enseñaron cosas que no había captado leyendo la novela.

Pero en realidad no entendí nada.

Ha sido esta semana, al ver la película Truman Capote, la genial cinta de 2005 de Benett Miller, cuando he entendido todo. No me refiero al hecho de que Capote sintiera algo más que un interés de periodista sanguinario hacia los asesinos. Su atracción hacia Perry, el más intelectual de los dos homicidas, es física, casi sexual. Eso lo intuí en la novela de Capote, y me quedó más claro cuando vi la película de 1967.

No me refiero a eso. Me refiero a que no entendí nada del drama personal que tuvo que vivir Truman Capote mientras escribía A sangre fría. Su mente, compleja como la maquinaria de un reloj, debió sufrir lo indecible. Porque debió luchar entre dos sentimientos: su orgullo personal, que le impulsaba a acabar la novela cuanto antes y, por tanto, a precipitar los acontecimientos que acabaron con el ahorcamiento de los asesinos; y, por otro lado, su amor incondicional hacia uno de los dos acusados.

Truman, debatiéndose.

Es eso lo que no entendí. Y creo que es la clave de su novela. Y creo que es la clave de muchas de las novelas en las que se han convertido nuestras vidas. En realidad, se trata de elegir entre dos posibilidades, sabiendo que ninguna de ellas será la buena. Se trata de seleccionar aquello que creemos que será lo menos malo.

Nuestra mente está tirada por dos caballos, los dos en direcciones opuestas, y nosotros tenemos un instante para decidir qué caballo soltamos y a cuál le dejamos que tire de nosotros.

Truman se enfrenta a sus dos caballos: su orgullo o su amor.

A veces, es peor el remedio que la enfermedad.

A veces, uno se enfrenta a su orgullo y a su amor con idénticas fuerzas, y descubre que quizás la única salida es dejar de luchar. O justo lo contrario. A veces, uno piensa si será mejor dejar que se muera nuestro amor para terminar de una vez la novela, o seguir alimentando el sentimiento aunque desconozcamos el final.

Quizás sigo sin entender nada.


miércoles, 30 de julio de 2008

La fascinación del fuego

Siempre he sentido fascinación por el fuego, y me refiero al fuego material, no al del cuerpo, por el que no siento fascinación, sino obsesión. Esta fascinación por el fuego la comparto con los niños (como muchas otras cosas) y con el protagonista de Auto de fe, la obra cumbre de Elias Canetti, una de mis novelas de cabecera a la que dediqué ya un post (por cierto, en el enlace de Wikipedia aparece una foto de la tumba que reproduzco aquí: hermosísima lápida, con la firma del Premio Nobel horadada en la piedra como por una lengua ígnea).


Tumba de Canetti, en Zurich, ¡me la pido!

Lo de los niños es fácilmente explicable: todos sabemos que el primer contacto de un niño con el fuego se produce cuando acerca los deditos a la llama y comprueba que esa luz indescriptible que es tan atrayente y atractiva en realidad produce dolor: "Mamá, pupa", y todos se ríen, sin darse cuenta de que es uno de los primeros traumas de la infancia. Los padres suelen decir que es bueno ese aprendizaje. Es una de las primeras tomas de conciencia sobre una paradoja que se repetirá a lo largo de su vida: a veces las cosas más hermosas hacen daño.

Peter Kien, el protagonista de Auto de fe, también siente una extraña obsesión por el fuego. Pero lo suyo es enfermizo, una paranoia que le lleva al insomnio, a la locura, y finalmente a la destrucción. Está tan preocupado porque su vastísima biblioteca no se prenda fuego que todos sus actos y pensamientos van encaminados a que, finalmente, se prenda fuego. Es como el hipocondriaco que se cree enfermo y cuya actitud negativa le lleva a menguar sus defensas de tal manera que, al final, cae enfermo. Y no contaré más porque destriparía la novela, si no lo he hecho ya, que creo que sí.

Esto viene a cuento de que hace una semanas recibí una postal de mi amigo Adrián, que está en Bristol, no de vacaciones, sino investigando (yo tengo amigos que investigan, fíjate). He hecho una foto a la postal, y aquí está. Se trata del gran balneario de Weston-Super-Mare. Según sus propias palabras, es una zona "horrible", "cuando llegamos y vimos esto entendimos por qué van a España a la playa". Adrián es así de salao, no es el típico investigador serio y circunspecto que te cuenta la vida desde su prisma de científico. Es más bien mundano, por no decir barriobajero. Se crió en las mismas calles que yo, así que eso lo explica todo.

Antes de ayer, viendo las noticias, me sorprendí contemplado esta misma imagen, desde el mismo ángulo: el balneario de Weston-Super-Mare, pero envuelto en llamas. Yo estaba cenando unas croquetas, y mi amor complementario dijo de repente: "¿De qué me suena a mí eso?", señalando con su tenedor la pantalla de la tele. Miré las imágenes, después giré la cabeza 45 grados y vi la postal, sostenida como por arte de magia en el aparador del mueble. Respondí: "Te suena de eso", indicando la postal que envió Adrián. Este diálogo de besugos ("De qué me suena eso", "Te suena de eso") tiene su gracia si se visualiza; si no, es una mierda.

Estuve cambiando de cadena durante una media hora, buscando más imágenes sobre el siniestro, descubriendo nuevos ángulos, disfrutando de las llamas como un niño, pero sin acercarme a ellas. Dándome cuenta de lo hermoso que es ver arder un edificio tan grande. Es bellísimo, aunque sea una desgracia. También pensé en las coincidencias. En Adrián, dos semanas antes, asegurando que la zona es horrible. Ahora, el gran balneario es un amasijo de madera, hierros y bañeras de loza, todo echado a perder.

Escribo a Adrián, un poco excitado (por la noticia, por las imágenes, no por nada más), le cuento lo que pasó durante la cena del lunes, y me responde, con su habitual humor de chico sencillo, pero analítico: "Era un lugar para vejestorios, pero bueno, también tienen derecho los jubilados a pasárselo bien, no?" Adri es un crack. En el mismo correo, me envía un tango del compositor Astor Piazzola. Adrián, además de filántropo, también es un amante de la buena música, y tiene la colección más grande que yo he visto nunca. Aunque no he visto muchas, la verdad.

Las coincidencias, que salpican mi vida y la dotan de cierta diversión (no mucha tampoco, no lo soportaría), hace que en el momento en que abro el archivo del Libertango de Piazzola, justo en ese momento, veo un vídeo en youtube con fotografías impresionantes sobre el incendio del gran balneario. El vídeo no tiene sonido, así que dejo el tango sonando de fondo, y compruebo que ambos archivos (las fotografías danzando al son de la música) son tan complementarios que parecen hechos el uno para el otro.

Quien quiera experimentar esa misma sensación, que ponga a cargar ambos archivos a la vez, verá que lo que digo es cierto. ¡Y quien no quiera, también, que me ha costado un triunfo subir un archivo de audio, coño!


boomp3.com

Por cierto, Adrián, no lo he dicho, pero es evidente que te echo de menos.

domingo, 13 de julio de 2008

Cómo romper el cordón umbilical a dentelladas

Estoy en el paro. Desde el pasado lunes, día en que una solícita y no por ello agradable funcionaria del Inem estampó su sello de caucho en mi solicitud, este hombre que escribe engrosa el porcentaje de desempleados de la Comunidad de Madrid y, por extensión, de este nuestro país. No es una situación del todo incómoda porque me presenté voluntario para que me dieran el puyazo de gracia, pero a pesar de todo uno no está preparado para la inactividad repentina que me ha caído encima, como una losa de varias toneladas de peso.

Al margen de mis crisis paranoicas sobre mi actual situación, en mi visita a la oficina del Inem fui testigo de algo que se me ocurrió llamar Síndrome del Cordón Umbilical de Tipo Laboral Post Contractual. Fueron tres o cuatro horas de espera desesperante, así que me dio tiempo a pensar en ello, hasta el punto de creer que podría escribir una tesis doctoral sobre el tema, algo que deseché al llegar a casa y comprobar que mi bañador floreado se aburría en el tendedero.

El SCUPLPC (Síndrome del Cordón Umbilical de Tipo Laboral Post Contractual) se puede definir como la dependencia más o menos acusada del trabajador con respecto a la entidad que lo emplea una vez vencido el contrato que los unía. Para entendernos, que me di cuenta de que todos, o una gran parte de los que, como yo, esperaban su turno para presentar la solicitud de la prestación por desempleo, aún estaban ligados a sus ex-empresas por un invisible cordón umbilical. Y que esperar tres o cuatro horas para conseguir un papel sellado es un juego de niños si lo comparamos con el trabajo que representa romper ese cordón umbilical.

Para muestra, un botón. Un grupo de señoras habían acudido juntas a arreglar los papeles. Se increpaban unas a las otras, incluso se insultaban por cómo actuaron mientras trabajaban en la misma empresa de limpieza. Evidentemente, estas cuatro mujeres nunca fueron más que compañeras de labor. Pero ese cordón umbilical las forzó a ir el mismo día a la misma hora a la cola del paro.

Otro ejemplo: un joven de unos veinte años, habla por teléfono con su chica, le dice que está en la cola del paro, que ahora irá a casa de sus padres porque no tiene nada que hacer. Me sonrío porque lleva puesto el mono del taller mecánico en el que trabajó hasta hace unos días. Quizás no tiene otra ropa que ponerse, o es que no puede evitar la melancolía de echar a lavar el mono de trabajo, que necesita una dosis extra de detergente. Es obra del cordón umbilical.

Otro más: un hombre trajeado, que quizás va a hacer una entrevista después de pasar por el parque temático del desempleo, habla con una señora mayor que le precede en la cola. Dice que ha estado en Siemens cuatro años. Me fijo muy mucho en su traje, que es bueno y parece tremendamente fresquito: es de marca, seguro, y le habrá costado una fortuna, pero es que en Siemens debe ganarse cosa fina. Me fijo otro poco y descubro que la carpeta en la que lleva sus papeles se adorna con un gran logotipo de una marca. ¿Adivinan cuál? Siemens. Otra vez el cordón umbilical.

Yo me sentí superior a todos ellos. Al salir por la puerta de mi ex-oficina, decidí deshacerme de todas las cosas (al menos las materiales) que me recordaran a mi empresa. No es por rencor ni por odio hacia nadie, es más bien una actitud de supervivencia: pensé que sería más fácil empezar una nueva vida si mordía con fuerza el cordón umbilical que me ató a ella y conseguía romperlo en un tiempo récord. Y creía haberlo logrado.

Sin embargo, el tratamiento del SCUPLPC no es tan fácil como parece a simple vista. Volví a casa, con mis papeles sellados y una sonrisa de satisfacción, más por creerme superior a los demás desempleados de la cola que por haber sobrevivido a una mañana de infierno burocrático. Revisé la documentación y me pregunté cuántas pesetas serían los euros que me corresponden por la prestación. Soy malo calculando, así que abrí el cajón del escritorio, saqué una eurocalculadora de la época del cambio, y allí estaba, como una señal inequívoca de que soy un enfermo del SCUPLPC tan grave como todos los demás, si no más porque a mí se me puede añadir la estupidez de creerme a salvo.

Como una puñalada a mi orgullo, como un navajazo a mi autoestima, allí estaba, la eurocalculadora que regaló mi empresa a todos los trabajadores en una Navidad de hace varios años. Con el logotipo y su nombre reluciente en blanco, sin mácula, sin otro pecado que recordarme que las cuatro dentelladas que di a mi cordón umbilical no fueron suficientes.

Las uvas de la ira: excusa para dar las gracias
Siempre he dicho que mis lecturas me construyen. Pero no sé hasta qué punto mis lecturas me eligen a mí o yo las elijo a ellas. Hace cosa de un mes terminé de leer Las uvas de la ira, de John Steinbeck, una de esas novelas que tenía en mi lista, pero que nunca encontraba el momento de comenzarlas. La seleccioné hace tanto tiempo que ni siquiera recordaba el argumento, y empecé a leerla sin saber de qué iba.

Bueno, pues va de una familia a la que despojan de sus tierras y que deben vagar por el sur de los Estados Unidos para encontrar trabajo. Es la historia de una generación que se vio empobrecida por el asedio de los propietarios, algo que sucedió en la zona de Oklahoma y Texas en el periodo de entreguerras. El valor de los miembros de esta familia ante la situación que les acosa es tal que uno se da cuenta de que todos sus problemas son nimios en comparación.

Al final de la novela, y sin destripar nada del argumento, se llega a la conclusión de que uno puede carecer de todo, que el hombre está capacitado para vivir con carencias que en otros momentos parecen vitales, pero que siempre le quedará el prójimo. Que por encima de todo, la gente que te rodea es suficiente alimento para salir adelante. Es cierto que uno necesita comer, dormir, etcétera; pero si uno está solo, aguanta menos el hambre y el sueño que si se está acompañado. Y eso es algo tan hermoso que merece tenerse en cuenta.

Por eso, porque me lo enseñó Steinbeck y porque lo estoy viendo estos últimos días, muchas gracias a todos los que, con su compañía inestimable, me hacen olvidar todas las carencias que tengo. Muchas gracias a todos los que, con sus palabras, con sus caricias, con sus abrazos y dedicación, me hacen olvidar que tengo hambre y sueño.

viernes, 4 de julio de 2008

¡Que vuelvan los gays que saben escribir!

A ver si me explico. No me refiero a ningún estudio de Demoscopia o del Instituto Opina sobre el avance del analfabetismo en el colectivo homosexual. Que yo sepa, no existe tal investigación, y si existe, por favor, exijo que se haga pública a partir del lunes de la semana que viene, que la tribu ya está suficientemente trillada estos días en los medios de comunicación como para darles más pábulo.

No es nada de eso. Es que desde que estudié a Cavafis, a Lorca y a Aleixandre tenía la idea (parece ser que equivocada) de que algunos de los mejores gays son escritores... Quiero decir, que algunos de los mejores escritores son gays. Bueno, es igual. La cosa es que, dada su especial sensibilidad, el colectivo tiene una original predisposición a materializar sentimientos con una calidad elevada.

Eso creía yo, digo. Porque en las últimas semanas me he tragado dos infumables novelas de sendos homosexuales. A mí Lorca me enternece, Cavafis me sublima y Aleixandre me transforma en polvo, mas polvo enamorado... polvo metafórico, se entiende. Pero las últimas novelas de Boris Izaguirre y Antonio Gala, tanto monta monta tanto, me han dejado más frío que la última gala del Gran Quiz (por cierto, ¿hay alguien menos glamuroso que el chaval ese sabihondo que se sienta al lado de Marta Sánchez?)


Sí, ya sé que es sacrílego, por no decir lamentable, comparar a aquellos maestros con estos neonatos. Pero no los comparo. Sólo digo que si esta es la avanzadilla del colectivo en materia literaria, apaga y vámonos. Vámonos a otra época, quiero decir, a la Grecia clásica o, si me apuras, a la Macedonia de Alejandro (Macedonia como nación, ya sé yo que él también se montaba macedonias de otro tipo). No voy a hablar de las novelas porque, sinceramente, casi ni me acuerdo de qué van, sólo sé que las terminé de leer porque soy incapaz de dejarme un libro a medias (me gusta perder el tiempo, en eso y también esperando correos que nunca llegan, aunque ése es otro tema que quizás trate en el futuro).


Se llaman El pedestal de las estatuas y Villa Diamante, y no las han escrito al alimón, sino cada uno la suya. Mira, si lo hubiera hecho así, igual les salía algo más interesante. Creo que Gala tiene un negro, o dos, o tres, de los que escriben de tapadillo y también de los otros; y su editorial le publicaría incluso un tratado sobre el betún de Judea (hablando de negros). Creo igualmente que Izaguirre se ha abandonado: sus primeras novelas, algunas de las cuales leí, eran curiosas y apuntaban maneras (y me refiero a maneras literarias), pero ahora debe estar pensando en otras cosas porque le salen bodrios cercanos a sus guiones para culebrones. Y como culebrones tenían su miga, pero como finalista del premio Planeta, oiga, no. Que ya sé yo que el Planeta es un apaño, pero este año tuve dos orgasmos con el premio de marras: uno, cuando supe que se lo llevaba Millás; y el segundo, cuando leí El mundo, porque me pareció de lo mejor que ha escrito este hombre.

Pero Millás, que yo sepa, no es gay. Lástima, debería planteárselo, más que nada para levantar un poco el nivel del colectivo literario.

NOTA: Mi objetivo es levantar polémica, porque evidentemente no leo a nadie por su identidad sexual, ni creo que se deba calificar su obra teniendo en cuenta con quién se acuesta. Es una broma un poco cruel porque estos días me pesa más que nunca ser un miembro del “colectivo”, qué manía tenemos con ponernos etiquetas, y eso que no queremos que se nos discrimine... Ah, y también es un poco de envidia porque ellos pueden escribir lo que quieran y tienen un respaldo muy cómodo. Éstas son las palabras que utiliza mi editor si le presento algo que no se ajusta a su idea: “¿No puedes escribir como un gay?”

miércoles, 11 de junio de 2008

"Tu otra mitad", mi nueva novela

Hoy escribo desde mi faceta de autor, yo, Tomás Ortiz.

Ya está a la venta mi nueva novela, titulada Tu otra mitad, publicada por Odisea Editorial. Para los que no lo sepan, ésta es la quinta incursión en el mundo editorial, aunque tengo otras obras escritas inéditas, y que creo que así permanecerán. No suelo utilizar este medio para mi autopromoción, pero los últimos acontecimientos en mi vida laboral me obligan a buscar alternativas.

Eso sí, no os la venderé de ninguna manera porque no valgo para ello. Me limito a colgar aquí la reseña que ha publicado la revista Odisea, por si os interesa echarle un vistazo.

Y ya está. Otro hijo más que se separa de mí y que comienza a vivir su vida en la imaginación de los muchos (espero) lectores de Tu otra mitad.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Qué queda de la civilización


Anoche hablé con un buen amigo, Daniel Martínez, que es el jefecillo de la nueva editorial Salto de Página. Es una editorial que, como él dice, publica novelas muy buenas y algunas entretenidas, que no es lo mismo que malas, porque no todos los lectores aguantan la dureza de la literatura incisiva, que tampoco tiene que ser siempre buena.

El caso es que me contó que cuando estaba intentando contactar con el autor para publicar Plop, de Rafael Pinedo, le llamó y le contestó su mujer, viuda desde hacía dos días. Daniel ignoraba que el autor había muerto, así que se quedó mudo (ya de por sí es un chaval bastante tímido por teléfono, por no decir soso, eso es algo de lo que hemos hablado él y yo largo y tendido y que no viene al caso), y es algo que se entiende.

Anoche le dije que era una situación rara, porque es uno de esos momentos en los que uno no sabe si seguir adelante o esperar a una ocasión más oportuna. Supongo que como Daniel se hace querer porque es buen tío, la viuda quedó encantada con la propuesta, incluso le dijo que su marido estaría súper orgulloso de saber que su novela, ganadora del Primer Premio de Novela Casa de las Américas 2002, iba a ser publicada en España. Supongo que a veces la fatalidad convierte a ciertas situaciones en casi cómicas, por no decir tétricas, pero en este caso lo que sorprende, ante todo, es la casualidad.

Lo que a mí más me ha sorprendido de todo esto, más que las casualidades e incluso más que la capacidad de la viuda de sobreponerse a la adversidad, es que esta novela no se haya publicado aquí hasta ahora. Porque si después de la papeleta que tuvo que sortear Daniel para conseguir los derechos, descubro que es una mierda, me cago en sus muertos (nunca mejor dicho), en la viuda y hasta en el editor. Pero resulta que Plop es una delicia, no apta para todos los estómagos (y mentes). Una delicia que se degusta a pequeños bocados y que hace pensar, pensar mucho.

Plop es como un steak tartar: es carne cruda, sin siquiera un golpe de fuego, especiada muy escasamente y con el toque justo de sal. Servida además en un cuenco prehistórico, desconchado y sucio, pero con mucho valor. Plop es la historia de un pueblo futuro que ha perdido la esencia de la civilización y lucha única y exclusivamente por la supervivencia, en un mundo desolado y abocado a la destrucción. Plop es el sonido que hace el protagonista en el lodo al nacer, y es el nombre que su salvaje madrina le pone como homenaje. Plop es el ser humano en su esencia, despojado de cualquier tejido, desnudo y animal. Plop es una novela que se lee tan rápido y tan bien que no contaré cómo empieza ni cómo acaba, porque os descubriría demasiado. Y porque lo que cuenta hace sentir cosas que pocas novelas hacen sentir.

Salvando las distancias, tiene mucho de Auto de fe, de Elias Canetti, no en el fondo, ni siquiera en la forma; sólo en las sensaciones que deja: el lector descubre que, al fin y al cabo, no somos más que animales movidos por instintos, y que todo lo demás, lo que sólo es cultural, es un engaño para hacernos creer que somos algo más que esos animales. Y que estamos condenados a volver a ser animales en estado puro.

A mí Plop me dejó plof. Pero es que sólo las novelas que me dejan plof consiguen hacerme crecer.



P.D. Ya sabemos los ganadores del IX premio Odisea de 2007: ganador, Desde aquí hasta tu ventana, de Javier Herce; finalista, Esta noche tú decides, de Ramón Martínez. Suerte a los dos. Y que Dios les pille confesados. Qué recuerdos...